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 Cuando el pasado sigue viviendo en el presente

Sanación · Vidas pasadas e infancia

Cuando el pasado sigue viviendo en el presente

Muchos de los patrones que se repiten en la vida adulta nacen de heridas antiguas y de creencias que un día ayudaron a sobrevivir. Mirar la infancia, el inconsciente y las memorias del alma es el camino para que dejen de repetirse.


Hay algo que muchas personas viven en algún momento, y tal vez tú también lo hayas sentido.

Llega un punto en que aparece la certeza de que hay cosas que se repiten. Un tipo de relación que siempre termina lastimando. Un miedo que asoma justo cuando algo bueno empieza a pasar. Una vocecita que, por más logros que haya, dice al oído que todavía no alcanza. Y aunque cambies de lugar, de trabajo o de personas, esa historia vuelve a asomarse con otra cara.

Cuando esto ocurre, es muy común pensar que hay algo defectuoso en uno mismo. Existe una mirada más amable, y también más certera: eso que se repite tiene un origen, y comprenderlo es el primer paso para poder soltarlo.

Lo que aprendiste para poder seguir adelante

Piensa en un momento difícil de tu historia. Quizás una relación donde te trataban mal. Quizás un papá o una mamá que, por sus propias heridas, te dañaban. Quizás un ambiente donde no te sentías a salvo.

Frente a algo así, la mente hace algo muy sabio para protegerte: busca una manera de darle sentido a lo que está pasando, para que puedas seguir de pie. Y muchas veces esa manera se convierte en una creencia sobre ti. “Algo malo hay en mí.” “Esto es lo que me toca.” “Si me porto mejor, tal vez deje de doler.”

Aunque suene doloroso llegar a creer algo así, en ese momento ayuda. Un niño que depende por completo del adulto que lo cuida no puede sostener la idea de que ese adulto le está fallando; le duele menos pensar que el problema es él. Así, esa creencia se vuelve tu salvavidas: te sostiene a flote, te calma por dentro y te permite atravesar algo que parecía imposible de atravesar.

Lo que pasa es que sigues con ese salvavidas puesto aun cuando ya llegaste a tierra. Creciste, esa etapa quedó atrás, esa relación terminó, y hoy ya estás a salvo. Sin que te dieras cuenta, ese salvavidas que un día te sostuvo siguió guiando tus decisiones: a quién te acercas, qué aceptas, cuánto te permites, qué esperas que la vida te dé. Sigues llevándolo puesto en tierra firme, donde ya no lo necesitas.

Y hay algo esencial que merece recordarse: lo que viviste no fue tu culpa. Esa manera de sobrevivir fue la adecuada para lo que estabas enfrentando. Hoy es momento de revisarla y de darte permiso para creer algo distinto.

Lo que dice la ciencia sobre el trauma

Poner nombre a lo que se siente suele hacerlo más fácil de sanar. Y hay algo que la psicología viene observando desde hace más de un siglo: gran parte de lo que dirige la vida ocurre por debajo de la consciencia, en el inconsciente.

Carl Jung, uno de los grandes pioneros en el estudio de la mente profunda, lo describió con una idea muy reveladora: aquello que no se lleva a la consciencia termina manifestándose en la vida exterior, y suele vivirse como si fuera el propio destino. Lo que no se mira por dentro se repite por fuera. A esa parte que permanece en la penumbra y nos guía sin que lo notemos, Jung la llamaba la sombra, y sostenía que hacerla consciente es lo que devuelve la libertad de elegir.

Antes que él, Sigmund Freud ya había notado que la mente tiende a repetir, una y otra vez, aquellas experiencias dolorosas que no ha logrado resolver. Lo llamó compulsión a la repetición, y describe muy bien esa sensación de estar viviendo el mismo capítulo con distintos protagonistas.

La investigación más reciente sobre el trauma le dio cuerpo a todo esto, en un sentido casi literal. Estas experiencias quedan grabadas en el cuerpo y en el sistema nervioso, más allá de la memoria consciente. El psiquiatra Bessel van der Kolk dedicó su vida a demostrar cómo el cuerpo lleva la cuenta de lo que la mente prefiere olvidar, y cómo muchas reacciones que se sienten desproporcionadas son ecos de un dolor antiguo. Y Peter Levine, creador de un método llamado Experiencia Somática, observó que el trauma deja una energía de supervivencia como congelada por dentro, y que el cuerpo tiene la capacidad de liberarla y completarla. Por eso sanar es posible, y por eso muchas veces requiere algo más que comprender con la cabeza.

Hay, además, una razón esperanzadora en el propio cerebro. Hoy se sabe que sigue aprendiendo durante toda la vida, algo que se conoce como neuroplasticidad. Las respuestas que se grabaron en un momento de dolor pueden actualizarse, y sanar es, en gran parte, enseñarle al cuerpo y a la mente un camino nuevo.

Cuando el dolor parece venir de más lejos

A veces buscas en tu historia y no encuentras de dónde viene ese miedo o esa creencia. Está ahí, aunque nada parezca explicarlo.

Una parte puede venir de lo heredado. La investigadora Rachel Yehuda, del hospital Mount Sinai, estudió por años a hijos y nietos de sobrevivientes del Holocausto, y encontró en ellos huellas parecidas a las de sus padres en la forma en que su cuerpo maneja el estrés, incluso en quienes nunca vivieron aquel horror. Es una línea de estudio que todavía está en debate, y conviene nombrarla con honestidad. Aun así, apunta a algo que muchas personas sienten muy adentro: que hay dolores que no comenzaron en uno mismo y que llegan desde el linaje.

Y lo que el alma trae de otras vidas

Existe también una mirada más amplia: la del alma que viaja a través de distintas vidas. Desde esta perspectiva, algunas heridas, miedos o cercanías muy fuertes con ciertas personas pueden ser memorias que el alma trae de recorridos anteriores, y que hoy piden ser miradas y sanadas.

Esta mirada pertenece al plano espiritual, y es importante nombrarla como tal, con claridad. Aun así, ha habido personas de la ciencia que se acercaron a ella con respeto. El psiquiatra Ian Stevenson, de la Universidad de Virginia, dedicó casi cincuenta años a documentar más de dos mil casos de niños que contaban recuerdos de otras vidas, muchos con detalles que después pudieron comprobarse; su libro de 1966, Twenty Cases Suggestive of Reincarnation, abrió ese camino. Su continuador, el también psiquiatra Jim Tucker, sigue esa investigación en la misma universidad hasta hoy.

Conviene decirlo con transparencia: buena parte de la ciencia considera este trabajo discutible y no lo toma como una prueba de la reencarnación. Lo valioso es que ese puente entre las memorias antiguas y la vida presente se ha explorado con seriedad, y que, para muchas personas, sanar en esa capa trae un alivio muy real.

Por qué vale tanto la pena sanar

Sanar no significa borrar lo que pasó. Lo vivido queda como parte de tu historia. Lo que sí puede hacerse es quitarle el peso que dejó y actualizar la creencia que se instaló contigo.

Cuando por fin logras ver que ese “algo malo hay en mí” fue una conclusión que sacaste para sobrevivir, algo empieza a aflojarse por dentro. Empiezas a elegir desde otro lugar. Te cuidas más. Reconoces antes lo que te hace daño. Y por fin puedes quitarte ese salvavidas, porque ya estás en tierra y ya no lo necesitas.

Eso es sanar: dejar de vivir desde lo que te lastimó y volver a elegir tu vida desde el presente, con más libertad y más paz.

Un espacio para recorrerlo acompañado

El Módulo 2 del programa online Crea Tu Vida, “Sanación de Vidas Pasadas e Infancia”, está dedicado por completo a este proceso: reconocer los patrones que se repiten, encontrar de dónde vienen y transformar esas memorias con ejercicios de visualización, paso a paso y en compañía.

Si algo de lo aquí escrito tocó una parte de ti, quizás sea una señal de que ya estás listo para mirarla. Ese camino no tiene por qué recorrerse en soledad. Lo que se sana con amor, deja de repetirse.

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creatuvida.cl

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